Una educación que busca la unidad entre Fe y Razón

Así como perfeccionamos las ciencias, debemos perfeccionar la moral, sin la cual el saber se destruye. (Isaac Newton)







martes, 14 de diciembre de 2010

Ejemplaridad


Por Jorge Peña Vial
Universidad de Los Andes
Artes y Letras, diario El Mercurio

Son muchas las expectativas que están puestas en los profesores. No sólo se espera que sean profesionalmente competentes, sino que se les pide, y aun exige, que sean ejemplares. Esto no acontece en las demás profesiones en el que sólo se tiene en cuenta la competencia profesional. Lo que ese trabajador, ingeniero, médico o arquitecto sea en su vida privada, no es un criterio relevante para lo “estrictamente profesional”

Saber distinguir ámbitos no debe llevar a separarlos en compartimentos estancos que llevarían a negar la unidad de vida de la persona, si no queremos caer en visiones esquizofrénicas. En el segundo piso de su personalidad, tal persona, se presenta como un honorable y competente profesional, racional y técnicamente eficaz; en el primer piso, estamos frente a un esposo ejemplar y ante un padre tierno; y en el sótano, una verdadera “casa de ...”. Como si las emanaciones pestilentes procedentes del subterráneo no se colaran ni influyeran en el primer y el segundo piso. Pero especialmente esta aparente y tan nítida demarcación entre lo público y lo privado parece del todo inoportuna en ciertas profesiones: la del profesor, y sobre todo las que tienen el singular privilegio de trabajar con personas y contribuir de modo decisivo a configurar el patrimonio ético y cultural con el que éstas regirán su existencia.

Por supuesto que cabe recluirse en lo estrictamente técnico: “a mi se me ha contratado para dar clases de matemáticas, cumplir un programa, y punto; ¡dejémonos de falsos romanticismos de pretender enseñar a través de las matemáticas otras cosas más importantes que las matemáticas!”. Siempre existirá la posibilidad de instalarse confortablemente en el pequeño recinto de la especialidad y limitarse a repartir el saber que se detenta: ¿cómo hacer para que el mayor número de alumnos llegue a la media en geometría?

Pero un profesor se torna absolutamente irreemplazable cuando con ocasión de lo que enseña, transmite un sentido del trabajo, de la vida, del sentido del humor, del respeto. El maestro enseña, pero enseña otra cosa. Su más alta enseñanza no está en lo que dice, sino en lo que no dice, en lo que hace, y, sobre todo, en lo que es. Ése es el contenido que real, misteriosa y verdaderamente comunicamos: lo que somos y luchamos por ser, lo que amamos.

El profesor tendrá ascendencia sobre los alumnos, va camino a ser un maestro, si existe unidad y congruencia entre lo que dice, hace y es. Cuando el alumno detecta fisuras, se decepciona. Lo esencial está entre las líneas de los programas y como sobre-entendido. Muchos hombres enseñan, pero muy pocos gozan de ese excedente de autoridad que les llega, no de su saber, no de su capacidad, sino de su valor como hombre.

Desde esta perspectiva toda enseñanza puede servir de pretexto para otra cosa trascendente a la mera instrucción. Sí, el alumno admira la inteligencia del profesor, la facilidad de su palabra, la amplitud de su saber, pero por encima de todas esas cualidades pide silenciosa, pero elocuentemente, una lección de vida. Esto obedece a una razón profunda: ésta es una de las notas distintivas de una vocación que es voraz y exclusivista, que lo pide todo, tanto la vida pública como la privada, tanto competencia técnica como ejemplaridad, que no sólo sean profesores sino maestros.

domingo, 12 de diciembre de 2010

La esperanza y el gozo




Por P. David Amado Fernández
Capellán del Colegio Edith Stein
Texto de: Palabra de Dios para los Domingos y Festivos. Ed. San Pablo (1998)

Toda la pedagogía cristiana se sustenta en dos ejes: la esperanza en lo que ha de venir y el recuerdo gozoso de lo que ya han visto nuestros ojos. A veces la experiencia no es personal, pero la hemos recibido de otros. ¡Cuántos milagros que pasan desapercibidos se realizan cada día! El mundo los desconoce, pero quien los experimenta no puede negarlos. Muchas veces son cosas pequeñas que hemos pedido en la oración, soluciones a problemas difíciles, reconciliación de familias… Aunque desde fuera no pueda constatarse, nosotros sabemos que se deben a una especial intervención de Dios. No podemos negar lo que hemos visto. Y tampoco podemos olvidarlo.
En el Evangelio, Jesús responde a los enviados del Bautista: Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo. Les dice eso porque lo que han visto ha de ser señal suficiente para comprender que Dios, en Jesús, obrará cosas aún mayores. Lo mismo sucede en la vida de cada uno de nosotros. Muchos maestros espirituales aconsejan a sus dirigidos que escriban en un cuaderno los frutos de su oración. Lo hacen porque muchas cosas que verán en la intimidad del corazón, no sólo ideas, sino también consuelos y afectos, les han de servir para seguir adelante. Y, además, porque de eso habrán de hablar a otros.
Las lecturas de hoy nos colocan también en perspectiva comunitaria. No avanzamos solos, sino en la Iglesia. Dentro de ella nos hemos de ayudar unos a otros. Todos hemos vivido situaciones de desánimo, o hemos comprobado cómo compañeros nuestros se desanimaban ante las dificultades. Sería absurdo decir que Dios no las tenía previstas. Pero, en el pensamiento divino, también estaba ese hermano que serviría de apoyo para los momentos de dificultad. Jesús conforta a Juan a través de los discípulos. Dios anima a Israel mediante el profeta Isaías que describe un futuro feliz en un momento especialmente duro para el pueblo. Igualmente, el Señor espera que unos a otros nos ayudemos en este tiempo de Adviento para celebrar de verdad la Navidad.

Pablo nos da ejemplo con su carta, que anima a los creyentes. De ahí aprendemos mucho: los que celebramos juntos la fe, sobre todo los domingos, no podemos sentirnos ajenos los unos de los otros, sino que estamos llamados a sostenernos mutuamente en el camino de la santidad. Los caminos pueden ser muchos y dependerán de las circunstancias, pero siempre pasarán por la oración y el testimonio. A partir de ahí, y teniendo siempre la caridad como norma suprema, se abren infinitas posibilidades, desde el acompañamiento en los momentos de prueba hasta la ayuda material o la corrección fraterna. Dios viene a visitar a su pueblo.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Sentido de pertenencia II: el lema del colegio


JUSTIFICACIÓN DEL LEMA DEL COLEGIO EDITH STEIN: GAUDIUM DE VERITATE (EL GOZO DE BUSCAR LA VERDAD)

El lema desea unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tienden a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad (1) . Para ello, el hombre debe respetar unas reglas básicas (2): la primera, saber que el conocimiento es un camino sin descanso, por tanto, el hombre debe mostrar una apertura constante al conocimiento, aprender siempre; la segunda regla, es que este camino sin descanso se ha de recorrer desde la humildad, es decir, todos los conocimientos y toda la sabiduría que se adquiera no hay que concebirlo como una conquista personal. Esto es, no reconocer que en nuestro aprendizaje suceden acontecimientos e intervienen personas que nos ayudan a adquirir lo que aprendemos; por último, se ha de reconocer una soberanía trascendental, que es el artífice de todo lo creado, de todo lo que vemos, de todo lo poco que podamos llegar a descubrir a través de nuestro intelecto y de todo lo que nos quedará por saber.

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(1) Juan Pablo II (1990). Ex Corde Ecclesiae.
(2) Juan Pablo II (1998). Fides et Ratio

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Sentido de pertenencia I: el logo del colegio



Por José Pedro Fuster Pérez
Colegio Edith Stein

La sabiduría popular nos resalta, a través de diversos dichos que lo que no se conoce, no se ama. Por eso, queremos ofrecerles un conocimiento más exhaustivo de todas las motivaciones que impulsaron el Colegio Edith Stein y así, tengan la oportunidad de adherirse con más fuerza, si cabe, al apasionante proyecto educativo que tenemos delante nuestro y que nos pide una fuerte implicación de todos los que soñamos.

EL LOGO DEL COLEGIO. JUSTIFICACIÓN FILOSÓFICA-TEOLÓGICA

En el centro del logo preside la cruz como signo principal de la identidad cristiana de la empresa que promueve el centro educativo y porque Edith Stein, titular del colegio, encontró en ella la gracia de probarla hasta el fondo. Llegó a afirmar cuando fue transportada al campo de concentración: Ave Crux, spes unica! (te saludo, Cruz, única esperanza). Juan Pablo II en el día de su beatificación en 1987, afirmó: nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein..., fue una verdadera adoradora de Dios, en espíritu y en verdad. Edith, cuando entró en el Carmelo eligió por nombre el propio itinerario de su camino a la conversión, Teresia Benedicta a Cruce. Teresa, por la santa que le ayudó a encontrarse con la persona de Cristo; Benedicta, por san Benito, el santo con quien aprendió a rezar; de la Cruz, por la cruz de Cristo, que deseaba llevar sobre sí: Teresa bendecida por la cruz.[1]

La parte superior del logo, dividida en dos partes por la cruz pero unidas en cuanto significado, representan el primer paso para alcanzar la verdad y de la que parte Santo Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios: CREDO UT INTELLEGAM (creo para entender). La parte izquierda, es la FIDES (fe) de color rojo-granate (dolor, sufrimiento, muerte) y traspasado por líneas oblicuas (dificultad para entender en su plenitud este misterio en la vida del hombre). Esta primera parte se puede resumir con el versículo: “es gloria de Dios ocultar una cosa, y gloria de los reyes escrutarla”[2] . La parte derecha es el entendimiento, la RATIO (razón), de color azul que representa el avance cuantitativo en la verdad, es decir, gracias a la confianza que deposito en el testimonio de los demás (Sagrada Escritura, Sagrada Tradición y Magisterio de la Iglesia) avanzo mucho en mi caminar hacia la verdad. En cambio, si desconfío seré lento en el progreso. Esto mismo sucede en la ciencia y a los propios investigadores, gracias a la confianza que depositan en otras investigaciones logran descubrir lo que desean descubrir en un espacio corto de tiempo.

Podemos afirmar que con la parte superior evitamos un racionalismo miope.

La parte inferior del logo, dividida también en dos partes por la cruz, pero unidas igualmente, en cuanto significado. Representa el segundo paso para alcanzar la verdad: INTELLEGO UT CREDAM (entiendo para creer). Esta vez, la parte izquierda es la RATIO (razón), de color azul, que representa el avance cualitativo. Si antes confiaba en el testimonio de los demás ahora confío en mi entendimiento para conocer la realidad de las cosas. Subestimar esta capacidad y pensar que somos incapaces de alcanzar la verdad, es proclamar una falsa modestia. Si algo caracterizó al pensamiento de Edith Stein fue su búsqueda incansable a través de la razón. De ahí que al final viera con meridiana claridad la esencia de las cosas mismas. No se fatigó y se embarcó en un camino sin descanso. La parte derecha vuelve a ser la FIDES, que precedida por la razón, sabremos dar razones de nuestra fe y esperanza a quien nos la pidiere.

Podemos afirmar que con la parte inferior evitamos un irracionalismo salvaje y al fideísmo.
[1] Teruel, Pedro J. (2006). El camino de Edith Stein. Suplemento a la Charla-Coloquio “Razón y Fe”. La Ñora. Murcia
[2] Proverbios (25,2)

domingo, 28 de noviembre de 2010

Un testimonio conmovedor



El testimonio de Gianna Jessen, una mujer que sobrevivió al aborto, es de esos ejemplos que nos llenan de esperanza ante la cultura de la muerte, que impera a sus anchas en nuestra sociedad actual, y que su mayor logro ha sido provocar la indiferencia y pasividad de muchos de nuestros contemporáneos.

Pinche en el siguiente enlace y advierta a su corazón de su alta probabilidad de conmoverse. Merece la pena escuchar este hermoso testimonio que ayudará a reflexionar sobre la grandeza y dignidad de la persona humana.

domingo, 7 de noviembre de 2010

¿Qué hacemos al dedicar este templo?. El Papa en Barcelona


(...) La alegría que siento de poder presidir esta ceremonia se ha visto incrementada cuando he sabido que este templo, desde sus orígenes, ha estado muy vinculado a la figura de san José. Me ha conmovido especialmente la seguridad con la que Gaudí, ante las innumerables dificultades que tuvo que afrontar, exclamaba lleno de confianza en la divina Providencia: «San José acabará el templo». Por eso ahora, no deja de ser significativo que sea dedicado por un Papa cuyo nombre de pila es José.

¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo, ante la mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta obra de arte. Ella es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma.

En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia. Así unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia. Introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo, para que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. De este modo, colaboró genialmente a la edificación de la conciencia humana anclada en el mundo, abierta a Dios, iluminada y santificada por Cristo. E hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza. Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras, trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.

Hemos dedicado este espacio sagrado a Dios, que se nos ha revelado y entregado en Cristo para ser definitivamente Dios con los hombres. La Palabra revelada, la humanidad de Cristo y su Iglesia son las tres expresiones máximas de su manifestación y entrega a los hombres. «Mire cada cual cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3,10-11), dice San Pablo en la segunda lectura. El Señor Jesús es la piedra que soporta el peso del mundo, que mantiene la cohesión de la Iglesia y que recoge en unidad final todas las conquistas de la humanidad.

En Él tenemos la Palabra y la presencia de Dios, y de Él recibe la Iglesia su vida, su doctrina y su misión. La Iglesia no tiene consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e instrumento de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en total servicio a su mandato. El único Cristo funda la única Iglesia; Él es la roca sobre la que se cimienta nuestra fe.

Apoyados en esa fe, busquemos juntos mostrar al mundo el rostro de Dios, que es amor y el único que puede responder al anhelo de plenitud del hombre. Ésa es la gran tarea, mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia. En este sentido, pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre.

Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Belleza misma. Así expresaba el arquitecto sus sentimientos: «Un templo [es] la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre».

Esa afirmación de Dios lleva consigo la suprema afirmación y tutela de la dignidad de cada hombre y de todos los hombres: «¿No sabéis que sois templo de Dios?... El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros» (1 Co 3,16-17). He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito.

La iniciativa de este templo se debe a la Asociación de amigos de San José, quienes quisieron dedicarlo a la Sagrada Familia de Nazaret. Desde siempre, el hogar formado por Jesús, María y José ha sido considerado como escuela de amor, oración y trabajo. Los patrocinadores de este templo querían mostrar al mundo el amor, el trabajo y el servicio vividos ante Dios, tal como los vivió la Sagrada Familia de Nazaret. Las condiciones de la vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormementeen ámbitos técnicos, sociales y culturales.Nopodemos contentarnos con estos progresos.

Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar.
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En la foto: El Papa Bededicto XVI en Barcelona. EFE

sábado, 6 de noviembre de 2010

5 mensajes del Santo Padre Benedicto XVI en su peregrinación a Santiago de Compostela


1. La búsqueda de la aportación de la Iglesia a Europa

Deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. ¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida.
2.La tragedia de afirmar que Dios es el antagonista del hombre

Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna.
3. Dios tiene que volver a resonar bajo los cielos de Europa

Los hombres no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol. Y, entonces, ¿cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla? Por eso, es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa.
4. Mención a los dirigentes políticos y a los jóvenes

Jesús se dirige también a los «jefes de los pueblos», porque donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral. Y quisiera que este mensaje llegara sobre todo a los jóvenes.
5. La cultura y la ciencia, abren caminos a la fraternidad

Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes .

lunes, 1 de noviembre de 2010

Antihalloween


En nuestro colegio no celebramos la fiesta americana denominada Halloween. Nuestras razones tenemos, y entre ellas, encontramos este artículo publicado en el Diario La Razón que expone con suficiente claridad algunas de esas razones de por qué el Colegio Edith Stein no sigue la corriente de tantos otros centros educativos
Por Darío Menor
Diario La Razón
31/10/10

ROMA- Ni truco ni trato. Ante la disyuntiva repetida esta noche frente a la puerta de millones de casas de todo el mundo por niños disfrazados de vampiros, fantasmas, brujas y demás personajes de pesadilla se puede reaccionar de una forma creativa. No hace falta dar con la puerta en las narices a los diablillos ni borrar Halloween del calendario, sólo hay que recordar las auténticas raíces de esta fiesta y, si lo deseamos, celebrarla en consecuencia.

Aunque la borrachera consumista y costumbrista provocada por el cine y la televisión erosione nuestra memoria, hubo un tiempo en que el término Halloween no significaba nada en nuestro país. Sólo en las naciones anglosajonas tenía algo de sentido. Aquí, la noche del 31 de octubre no ocurría nada. Era sólo la víspera de Todos los Santos. Ese día sí que era importante: todos, incluso los niños, íbamos al cementerio a ponerle flores al abuelo o a la tía que ya no estaba. Luego, quien quería, iba a misa. Muchos lo hacían, no había más que echar un vistazo a las iglesias, que aquel día estaban siempre llenas. Halloween proviene de la expresión inglesa «All Hallow’s Eve» (la víspera de Todos los Santos). Tanto de los buenos como de los malos. «Había una antigua tradición celta, luego cristianizada, que consideraba que un día en particular del año estamos más cerca del mundo de los espíritus.

Cuando éramos jóvenes no salíamos nunca esa noche, se pasaba en familia, porque teníamos miedo de los espíritus malignos», explica el sacerdote británico Peter Fleetwood en los micrófonos de Radio Vaticana. Este temor ancestral ha dado mucho juego en la sociedad contemporánea: desde los disfraces de demonio más propios de un prostíbulo que del infierno hasta los agoreros que consideran satánica esta celebración.
La noche de los santos.

Cansado de ver multiplicarse las calabazas con caras grotescas por su barrio, un sacerdote italiano decidió hace tres años ofrecer una alternativa a sus feligreses. «Con sus disfraces de muertos, asesinos, brujas y demonios, Halloween muestra sólo el horror y la fealdad. Pero en nuestro mundo también hay algo mucho más hermoso, los santos. La fiesta de Todos los Santos no es intrascendental», cuenta Andrea Brugnoli, párroco en Desenzano del Garda, un pueblo cercano a Brescia, en el norte de Italia. Para recordar la importancia que siempre ha tenido el 1 de noviembre y ofrecer una alternativa a Halloween, el padre Brugnoli y su asociación de jóvenes católicos ha organizado «Hollyween, la noche de los santos».

Esta iniciativa invita a las iglesias y a los cristianos a que cuelguen de las ventanas, terrazas, balcones y puertas imágenes de santos. «Este año participan 30 diócesis italianas, hay incluso obispos que han escrito a sus feligreses para que se involucren. También ha llamado mucho la atención en el extranjero. En España se ha interesado la diócesis de Getafe». Resulta imposible saber cuántas personas celebrarán Hollyween, pero el padre Brugnoli aventura cuáles serán los santos cuya imagen más se vea en las casas de la gente. «Son siempre santos locales, contemporáneos, cuyas vidas nos inspiran y resultan cercanas. Es el caso de Padre Pío o Don Bosco, el fundador de los salesianos. También está la beata Chiara Badano, una jovencísima miembro de los Focolares, y por supuesto Juan Pablo II».

Si la idea de Hollyween prendiese en España, Brugnoli apuesta por cuál sería una de las imágenes que elegirían los católicos de nuestro país: Santa Teresa de Jesús. «Es una mujer extraordinaria y muy valiente. Yo estoy enamorado de ella». Hollyween no es un evento contrario a Halloween, sino una alternativa. «No queremos luchar contra lo que significa esta celebración ni contra los enormes intereses económicos que han proliferado a su alrededor.

Lo importante es que los cristianos tenemos nuestra propia fiesta aunque no queramos darnos cuenta de ello. El problema nace de la descristianización: los católicos se han olvidado de vivir su fe. A mí no me interesa evangelizar a los paganos, que celebren Halloween si ellos quieren, sino a los propios cristianos», cuenta el padre Brugnoli.
Iniciativas similares también comienzan a abrirse hueco en Estados Unidos, el país donde Halloween más ha evolucionado con el tiempo. Hay parroquias que proponen a sus feligreses que, en lugar de hacer caras amenazantes en las calabazas, opten por sonrisas, y que se deshagan de los trajes de brujas y demonios y disfracen a sus hijos de santos. También gana terreno la costumbre de dejar una vela encendida fuera de casa, para que la luz ahuyente los malos espíritus y a los diablillos propios de Halloween. Hay quien opta por un mensaje más directo: «Gracias, ni truco ni trato». Las pegatinas y carteles con este texto son la última alternativa para protegerse de los excesos de esta noche.
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En la imagen: Calabazas del autor Corbis

sábado, 16 de octubre de 2010

Hoy quiero ser chileno. Hoy soy chileno




Por Luis Fernando Pérez Bustamante
Director InfoCatólica
Cor ad cor loquitur


Treinta y tres hombres enterrados bajo tierra. Treinta y tres almas angustiadas ante la posibilidad de no salir con vida de la mina en la que trabajaban. Treinta y tres seres humanos esperanzados ante el primer contacto y al saber que su país se volcaba para rescatarlos. Treinta y tres hombres “resucitados” por el trabajo y las oraciones de muchos.

De entre todas las imágenes que hemos visto y las palabras que hemos oído en estas últimas horas, lo que más me ha impresionado es el claro y nítido sentimiento cristiano de muchos de los allá presentes. Tanto de los que salían a la luz desde el fondo de las tinieblas, como de los que estaban arriba ayudándoles a volver a la vida. La camiseta que llevaban lo decía todo. Por delante, un mensaje de agradecimiento al Señor. Por detrás, la cita de un salmo.

Como bien dice Luis Alberto Jara en el artículo que ha escrito para InfoCatólica, hay que tener cuidado y no convertir a los mineros en lo que no son:

El mundo ha caído a los pies de los mineros. Hoy ya son héroes. Y esto en parte es muy verdadero. Su sacrificio, aguante, espíritu de organización y testimonios de fe, son una muestra elocuente de las cumbres a que puede llegar la naturaleza humana, auxiliada por la gracia, en el camino de la virtud. Obviamente. Sin embargo, de ahí a canonizarles en vida me parece excesivo.
Como acertadamente apuntaba Luis Urzua, el último minero rescatado, en su charla con el presidente Sebastián Piñera -qué sana envidia me dan los chilenos de tener un presidente así-: “Bueno, Dios por algo hace las cosas. Y espero que esto sea para mejor. Para un Chile mejor“. A lo cual solo cabe decir amén.

En verdad estamos ante un país que ha dado una lección al mundo entero. No hace mucho que sufrió uno de los terremotos más duros de su historia. Y lo están superando. Tras ver lo ocurrido en Atacama se entiende cómo es eso posible. En verdad que la patria es una especie de gran familia en la que los hombres se sienten hermanados por encima de diferencias de tipo político y social. Y precisamente ahora que acabamos de celebrar a la Patrona de la Hispanidad, creo que no estoy muy lejos del sentir de la mayoría de los españoles si digo que sentimos lo ocurrido en Chile como algo muy nuestro. Sirva ello para que recordemos que la Hispanidad es una hija predilecta de la Cristiandad. Y que, por tanto, sin Cristiandad, no hay ni Hispanidad ni verdadera identidad nacional de los países que la conforman, empezando por la que muchos llaman Madre Patria. Y si alguien duda de lo que digo, que vuelvan sus ojos a la Mina San José.

viernes, 8 de octubre de 2010

La educación como un riesgo




Por Fernando López Luengos
Doctor en Filosofía y vicepresidente de la Asociación de Padres "Educación y Persona"
En Libertad Digital 7/10/2010
Acompañar al alumno en su descubrimiento de lo bueno, lo bello y lo verdadero, tal habría sido el "proyecto curricular" de Platón. Muy lejos parece de los proyectos curriculares inventados por lo "maestros" del constructivismo en la LOGSE y más tarde en la LOE, los sistemas educativos diseñados desde el amparo ideológico de los gobiernos. Hace tiempo que el sistema educativo español experimenta indicios de un colapso que los profesores padecemos en primera persona: unos de los índices más altos de Europa de abandono escolar, pérdida progresiva de la autoridad del profesor, desaparición del valor del esfuerzo, transformación de los centros en una especie de guardería donde el criterio de retener a los alumnos prevalece sobre la excelencia académica y donde los buenos alumnos tienen que adaptar su ritmo a un grupo de compañeros desmotivados; alumnos sin hábitos de socialización a los que la disciplina solo les ayuda tangencialmente conviviendo con alumnos que deben soportarlos...

Sin embargo con semejante instrumento desafinado –la LOE– cada día en nuestras aulas sigue siendo posible la proeza de arrancar una melodía armoniosa gracias a docentes –la mayoría– que ama su trabajo; y gracias a un grupo significativo de alumnos de cuya bondad siempre me he sentido orgulloso: aunque no siempre estoy satisfecho de su rendimiento académico, o de su motivación, su sonrisa cuando me cruzo con ellos por los pasillos es uno de los alicientes más bellos de la noble y arriesgada tarea de educar.
Hay por tanto claros y oscuros en la educación. Pero ciertamente la zona más oscura procede de la influencia de la política en el sistema educativo. En el resto de los países europeos, al menos tras la caída del muro de Berlín, la ideología ya no utiliza el sistema educativo para intentar fortalecerse. Pero Spain is different. [...]

[...] ¿Qué culpa tenemos los que nos hemos criado vacunados contra las ideologías y queremos educar a nuestros hijos en nuestras propias convicciones y no en las que dicte un gobierno?
Sin embargo, poco a poco, suavemente, la mentira se disuelve –no sin antes haber provocado mucho dolor– como el mito del sistema económico comunista se disolvió en los países del Este hasta la caída del muro de Berlín. El sistema educativo se está envenenando con su propia sangre: Educación para la Ciudadanía, por ejemplo, nació enferma y después de una movilización ciudadana sin precedentes en la historia de la democracia, ha quedado herida de muerte. Muy pocos profesores se atreven a cumplir sus verdaderos objetivos adoctrinadores, se ha degradado a mera maría que casi nadie desea dar y que se utiliza incluso para rellenar horarios; y el contenido del currículo ha quedado reducido a meras recomendaciones cívicas que no merecen la dedicación horaria que se le concede. Es un nuevo fracaso de la ideología frente a la realidad que es tozuda: el peor enemigo que puede encontrar el Poder es el enfrentamiento con unos padres que intentan transmitir a sus hijos lo mejor de la vida. El coraje ejemplar de tantos padres objetores ha reventado la estrategia de la ideología.
Sin embargo, los ideólogos que diseñaron Educación para la Ciudadanía como modo de inculcar el relativismo moral y la ideología de género no han cedido en su empeño. La nueva ley del aborto intenta de nuevo la intromisión de la ideología en la enseñanza. Tristemente la escuela ha dejado de ser un lugar seguro y los padres deben velar continuamente sobre las actividades que realizan sus hijos. La necesaria educación sexual está diseñada para introducir una ideología que falsea la condición humana proponiendo una libertad ilusoria que, en definitiva, queda sostenida por un voluntarismo ciego.
No son tiempos, por tanto, para acomodarse en el desentendimiento. Los padres deben velar, vigilar para que la escuela (también la concertada) no responda a consignas políticas y seguir poniendo todos los medios a su alcance para evitarlo. Deben ocuparse, cada vez con mayor responsabilidad y formación, de los temas que el actual sistema pretende instrumentalizar para sus fines. Deben, en definitiva, asociarse hasta que los nuevos mitos ideológicos sean disueltos por la fuerza de la realidad.

domingo, 3 de octubre de 2010

Aprender a conversar



Por Antonio Orozco-Delclós
En Escritos ARVO
www.arvo.net

"Con-versar" equivale a versar juntos sobre un mismo tema, asunto o argumento. La conversación -el diálogo- es de dos, o más. Pero juntos y sobre una misma cosa. Si hay dos o más hablando de cosas distintas ya no estamos en una conversación ni en un diálogo, sino quizá en una olla de grillos, o tal vez, más probablemente, como con su habitual buen humor señala José Luis Olaizola, estemos metidos en una tertulia de españoles. En estos tiempos que corren suele suceder que o reúnes o te reúnen. La reunión es un deber frecuente. Y esto es muy bueno cuando de veras la reunión es lo que su nombre parece indicar: "re-unir", unir de nuevo, es de suponer, para estar más unidos que antes. No siempre, sin embargo, se incrementa la unidad en las reuniones, incluso las pensadas para estrechar vínculos, enriquecer ideas, comprender un poco más a los otros, cooperar al bien común de la sociedad.¿Por qué esos fracasos, al menos aparentes? No siempre, o casi nunca se debe a complejidad de los problemas que se debaten.

Tengo para mí que casi siempre o muchas veces se debe a la complejidad de las conciencias. El orgullo fue la causa de la confusión que se produjo en Babel. Juan Pablo II afirma que estamos en una civilización babélica. A menudo no nos entendemos, aun exponiendo ideas muy simples. Oscar Wilde decía -muy suyamente- que a ingleses y norteamericanos una misma lengua los separaba. Hablamos en el mismo idioma de cosas sencillas, y sin embargo a veces no nos entendemos. ¿Por qué? En su divertido -pero serio- libro "Lo malo de lo bueno", Paul Watzlawick aporta una posible respuesta: precisamente la misma lengua produce la impresión de que el otro tiene que ver la realidad evidentemente "tal como es, es decir, tal como yo la veo". Y si sucede que no lo ve así, entonces es que está loco o es un malévolo.

También ofrece Watzlawick el ejemplo histórico contado por John Locke en su "Ensayo sobre el entendimiento humano": En una reunión de médicos ingleses muy eruditos se discutió durante largo tiempo si en el sistema nervioso fluye algún "liquor". Las opiniones divergían, se pusieron los argumentos más diversos y parecía imposible de todo punto llegar a un consenso. Entonces Locke pidió la palabra y preguntó si todos sabían con exactitud lo que entendían por la palabra "liquor". La primera impresión fue de sorpresa: ninguno de los asistentes creía no saber en detalle lo que se estaba debatiendo y tomaron la pregunta de Locke casi por frívola. Pero al fin se aceptó la propuesta, se entretuvieron en fijar la definición del término, y pronto cayeron en la cuenta de que el debate había pasado a versar sobre el significado de la palabra. Unos entendían por "liquor" un líquido real (como agua o sangre) y por esto negaban que en los nervios fluyera algo así. Otros interpretaban la palabra en el sentido de fluido (de una energía, cosa parecida a la electricidad) y en consecuencia estaban convencidos de que por los nervios fluye un "liquor". Se explicaron las dos definiciones, convinieron en elegir la segunda y en breve tiempo finalizó el debate con un acuerdo unánime.

También Paul Watzlawick recuerda la técnica de Anatol Raport para solucionar problemas: en caso de conflicto, en vez de que cada partido dé su propia definición del problema, el partido "A" debe exponer de un modo exacto y detallado la opinión del partido "B", hasta que éste (B) acepte la exposición y la declare correcta. Después, el partido "B" ha de definir la opinión de "A" de un modo que resulte satisfactorio a éste (A). Dice Watzlawick que aplicando esta técnica sucede no pocas veces que una de las dos partes en litigio diga asombrada a la otra: "Nunca hubiese pensado que usted pensara que yo pienso así".

El método quizá parezca lento. Pero ¿es más eficaz discutir sin saber exactamente cuál es el objeto del que se está hablando? ¿No convendría reimplantar los antiguos estudios de Dialéctica, en el sentido clásico de la palabra, como arte de discurrir o argumentar correctamente? Quizá sea verdadero todavía el diagóstico de Eugenio d"Ors: "la más grande limitación de la gente hispana estriba en algo vergonzoso, en algo que es, por definición, un vicio de esclavo: en la incapacidad específica para el ejercicio de la amistad". A ella se le añade un corolario -que de la misma enfermedad se deriva- y que llama "una suerte de trágica ineptitud para el diálogo". Vale la pena no arrojar la toalla y cultivar sin desmayos "el santo diálogo, hijo de las nupcias de la inteligencia con la cordialidad". A mi me sirve de examen de conciencia el también d"orsiano "Decálogo para todo dialogante":

I. Escucha a todos, sobre todas las cosas.
II. Honrarás la educación que has recibido.
III. No desearás atropellar la palabra de tu prójimo
IV. No te acalorarás.
V. No equivocarás a los demás.
VI. No pronunciarás palabras agresivas.
VII. No desearás tu monólogo frente al prójimo.
VIII.Celebrarás la inteligencia de los demás.
IX. No dialogarás en vano.
X. Vence en el diálogo, pero convence.


domingo, 19 de septiembre de 2010

El "ethos" católico debe impregnar todos los ámbitos de los centros educativos de la Iglesia

Benedicto XVI en Londres ha declarado que “La educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario. Se trata de la formación de la persona humana, preparándola para vivir en plenitud. En una palabra, se trata de impartir sabiduría, y la verdadera sabiduría es inseparable del conocimiento del Creador”.

miércoles, 25 de agosto de 2010

El lenguaje matemático no contradice la fe



(ElComercio/InfoCatólica) Manuel Carreira S.J. Doctor en Física, filósofo y teólogo, es miembro del Observatorio Astronómico del Vaticano, profesor de la Carroll University, Cleveland (EE.UU.) y de la Universidad de Comillas (España). En Lima participará en el II Congreso sobre la Sábana Santa que se inaugura el 31 de agosto en la Universidad de Lima.

–¿Fe y mentalidad científica son incompatibles?

La ciencia solo puede hablar de cómo actúa la materia. No puede decir nada de teología, de ética, de arte, de derechos y deberes, de relaciones humanas. No puede hablar de lo que no puede comprobar con un experimento. Ni siquiera puede decir por qué existe el universo ni si este y la vida humana tienen sentido. Por su parte, la fe no dice nada de cómo actúa la materia ni de si el universo es o fue caliente o frío; solo habla del plan de Dios para nosotros. Por eso, es imposible el conflicto si cada modo de conocer se mantiene en su campo y su metodología. Muchos científicos han sido y son creyentes. Yo hice mi tesis doctoral con el Dr. Cowan, descubridor del neutrino (con Reines), hombre sinceramente católico y practicante. Si quieren saber lo que la Iglesia enseña al respecto, lean la encíclica “Fe y razón” de Juan Pablo II. Ciencia y fe no se oponen, se complementan.

–¿La opinión de un católico no está sesgada por su ser confesional en temas como el aborto o la manipulación genética? ¿Es así en el mundo científico?

La Iglesia puede y debe insistir en la dignidad de la persona humana, oponiéndose a tratar a un ser humano como una cobaya de laboratorio para experimentaciones de tipo nazi. La actuación biológica o médica solo es lícita para bien del paciente, que nunca puede ser una mera “cosa útil” para otro. Esto lo afirman grandes científicos que se han opuesto a la clonación, el aborto, la eutanasia. En la Academia Pontificia de las Ciencias están los científicos asesores del Papa en esas materias: no se habla por prejuicios.

Yo nunca he encontrado rechazo alguno por mis posiciones en congresos internacionales, en Europa y América, aunque me ven como sacerdote. Si alguno ha querido descalificarme por eso, ha sido solamente en España, y ha quedado muy mal el que lo intentó.

–El caso de Galileo se lo enrostran a la Iglesia cuando quiere aproximarse al mundo científico. ¿Qué opina de este caso?

Galileo era creyente, no pasó un minuto en la cárcel, nadie le tocó un pelo ni lo excomulgó y murió profesando su fe, asistido por una hija religiosa, y con bendición papal. En su época no había realmente física ni pruebas de que la Tierra se moviese (la prueba experimental se anunció en 1838). Sus supuestas pruebas eran inválidas y otros astrónomos se las negaron. Su idea correcta era que la Biblia no enseña ciencia y quería que los teólogos cambiasen la interpretación del texto según su teoría. Los teólogos se equivocaban en pensar que la Biblia enseña astronomía, pero estaban en lo correcto en decir que mientras no hubiese pruebas, Galileo debía presentar sus ideas como teoría y no pedirles cambios de opinión. En ambos casos, se excedía el campo propio para ir al ajeno. Nosotros, hemos aprendido esa lección y debe haber mutuo respeto.

–Ud. ha dado conferencias sobre la Teoría del Diseño Inteligente y el principio antrópico, una síntesis entre un Dios creador y el big bang. ¿Cómo se sostienen estas teorías?

La ciencia es limitada: tuvo que aceptar que el universo no es eterno, comenzó en un estado de alta densidad y temperatura (el big bang) para el cual hay pruebas experimentales: hemos encontrado las cenizas y el resplandor de aquella hoguera. Pero no puede decir “por qué hay algo en lugar de nada” (Wheeler).

Hablar del paso de nada a algo es el concepto de creación que la ciencia no puede manejar: hace falta un Creador no material. Esto lo responde la filosofía, de acuerdo con la teología. Pero los detalles del comienzo no los dice la fe ni deben tomarse del Génesis, que es una parábola de contenido filosófico, no un texto de astronomía. Negar el comienzo es anticientífico y decir que el universo existe “porque sí” es ridículo y pueril.

–Participará en el Congreso sobre la Sábana Santa en Lima. ¿Por qué es provocador este lienzo que se guarda en Turín?

El lienzo de Turín es un objeto arqueológico, no es fe. Da información histórica que determina su uso y su procedencia: envolvió a un crucificado al estilo romano, con las características detalladas en la pasión de Cristo; no hay otro candidato histórico. Es una provocación para la mente porque no podemos explicar esa imagen, con características tridimensionales y de detalle, con exactitud anatómica y biológica que solo se descubrieron en 1898 cuando se fotografió por primera vez. Soy físico y sigo intentando razonar cómo pudo formarse. Todavía no hay una solución completa.

Entrevista por Andrés Tapia Arbulu publicada en © El Comercio

domingo, 4 de julio de 2010

Vida de Edith Stein interpretada por alumnos de 1º y 2º de Primaria de nuestro colegio. Parte I

Vida de Edith Stein interpretada por alumnos de 1º y 2º de Primaria de nuestro colegio. Parte II

Vida de Edith Stein interpretada por alumnos de 1º y 2º de Primaria de nuestro colegio. Parte III

Emergencia educativa




Por el Santo Padre Benedicto XVI
En la 61ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana*

Corroborados por el Espíritu, en continuidad con el camino indicado por el concilio Vaticano II, y en particular con las orientaciones pastorales del decenio que acaba de concluir, habéis decidido escoger la educación como tema fundamental para los próximos diez años.
Ese horizonte temporal es proporcional a la radicalidad y a la amplitud de la demanda educativa. Y me parece necesario ir a las raíces profundas de esta emergencia para encontrar también las respuestas adecuadas a este desafío. Yo veo sobre todo dos. Una raíz esencial consiste, a mi parecer, en un falso concepto de autonomía del hombre: el hombre debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones de otros, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este desarrollo. En realidad, para la persona humana es esencial el hecho de que llega a ser ella misma sólo a partir del otro, el «yo» llega a ser él mismo sólo a partir del «tú» y del «vosotros»; está creado para el diálogo, para la comunión sincrónica y diacrónica. Y sólo el encuentro con el «tú» y con el «nosotros» abre el «yo» a sí mismo. Por eso, la denominada educación anti-autoritaria no es educación, sino renuncia a la educación: así no se da lo que deberíamos dar a los demás, es decir, este «tú» y «nosotros» en el cual el «yo» se abre a sí mismo. Por tanto, me parece que un primer punto es superar esta falsa idea de autonomía del hombre, como un «yo» completo en sí mismo, mientras que llega a ser «yo» en el encuentro colectivo con el «tú» y con el «nosotros».

La segunda raíz de la emergencia educativa yo la veo en el escepticismo y en el relativismo o, con palabras más sencillas y claras, en la exclusión de las dos fuentes que orientan el camino humano. La primera fuente debería ser la naturaleza; la segunda, la Revelación. Pero la naturaleza se considera hoy como una realidad puramente mecánica y, por tanto, que no contiene en sí ningún imperativo moral, ninguna orientación de valores: es algo puramente mecánico y, por consiguiente, el ser en sí mismo no da ninguna orientación. La Revelación se considera o como un momento del desarrollo histórico y, en consecuencia, relativo como todo el desarrollo histórico y cultural; o —se dice― quizá existe Revelación, pero no incluye contenidos, sino sólo motivaciones. Y si callan estas dos fuentes, la naturaleza y la Revelación, también la tercera fuente, la historia, deja de hablar, porque también la historia se convierte sólo en un aglomerado de decisiones culturales, ocasionales, arbitrarias, que no valen para el presente y para el futuro. Por esto es fundamental encontrar un concepto verdadero de la naturaleza como creación de Dios que nos habla a nosotros; el Creador, mediante el libro de la creación, nos habla y nos muestra los valores verdaderos. Así recuperar también la Revelación: reconocer que el libro de la creación, en el cual Dios nos da las orientaciones fundamentales, es descifrado en la Revelación; se aplica y hace propio en la historia cultural y religiosa, no sin errores, pero de una manera sustancialmente válida, que siempre hay que volver a desarrollar y purificar. Por tanto, en este «concierto» —por decirlo así— entre creación descifrada en la Revelación, concretada en la historia cultural que va siempre hacia adelante y en la cual hallamos cada vez más el lenguaje de Dios, se abren también las indicaciones para una educación que no es imposición, sino realmente apertura del «yo» al «tú», al «nosotros» y al «Tú» de Dios.

Por tanto, son grandes las dificultades: redescubrir las fuentes, el lenguaje de las fuentes; pero, aun conscientes del peso de estas dificultades, no podemos caer en la desconfianza y la resignación. Educar nunca ha sido fácil, pero no debemos rendirnos: faltaríamos al mandato que el Señor mismo nos ha confiado al llamarnos a apacentar con amor su rebaño. Más bien, despertemos en nuestras comunidades el celo por la educación, que es un celo del «yo» por el «tú», por el «nosotros», por Dios, y que no se limita a una didáctica, a un conjunto de técnicas y tampoco a la trasmisión de principios áridos. Educar es formar a las nuevas generaciones para que sepan entrar en relación con el mundo, apoyadas en una memoria significativa que no es sólo ocasional, sino que se incrementa con el lenguaje de Dios que encontramos en la naturaleza y en la Revelación, con un patrimonio interior compartido, con la verdadera sabiduría que, a la vez que reconoce el fin trascendente de la vida, orienta el pensamiento, los afectos y el juicio.

Los jóvenes albergan una sed en su corazón, y esta sed es una búsqueda de significado y de relaciones humanas auténticas, que ayuden a no sentirse solos ante los desafíos de la vida. Es deseo de un futuro menos incierto gracias a una compañía segura y fiable, que se acerca a cada persona con delicadeza y respeto, proponiendo valores sólidos a partir de los cuales crecer hacia metas altas, pero alcanzables. Nuestra respuesta es el anuncio del Dios amigo del hombre, que en Jesús se hizo prójimo de cada uno de nosotros. La transmisión de la fe es parte irrenunciable de la formación integral de la persona, porque en Jesucristo se cumple el proyecto de una vida realizada: como enseña el concilio Vaticano ii, «el que sigue a Cristo, hombre perfecto, también se hace él mismo más hombre» (Gaudium et spes, 41). El encuentro personal con Jesús es la clave para intuir la relevancia de Dios en la existencia cotidiana, el secreto para vivirla en la caridad fraterna, la condición para levantarse siempre después de las caídas y moverse a constante conversión.

La tarea educativa, que habéis asumido como prioritaria, valoriza signos y tradiciones, de los cuales Italia es tan rica. Necesita lugares creíbles: ante todo, la familia, con su papel peculiar e irrenunciable; la escuela, horizonte común más allá de las opciones ideológicas; la parroquia, «fuente de la aldea», lugar y experiencia que introduce en la fe dentro del tejido de las relaciones cotidianas. En cada uno de estos ámbitos es decisiva la calidad del testimonio, camino privilegiado de la misión eclesial. En efecto, la acogida de la propuesta cristiana pasa a través de relaciones de cercanía, lealtad y confianza. En un tiempo en el que la gran tradición del pasado corre el riesgo de quedarse en letra muerta, debemos estar al lado de cada persona con disponibilidad siempre nueva, acompañándola en el camino de descubrimiento y asimilación personal de la verdad. Y al hacer esto también nosotros podemos redescubrir de modo nuevo las realidades fundamentales.

La voluntad de promover un nuevo tiempo de evangelización no esconde las heridas que han marcado a la comunidad eclesial, por la debilidad y el pecado de algunos de sus miembros. Pero esta humilde y dolorosa admisión no debe hacer olvidar el servicio gratuito y apasionado de tantos creyentes, comenzando por los sacerdotes. El año especial dedicado a ellos ha querido constituir una oportunidad para promover la renovación interior como condición para un compromiso evangélico y ministerial más incisivo. Al mismo tiempo, también nos ayuda reconocer el testimonio de santidad de cuantos —siguiendo el ejemplo del cura de Ars— se entregan sin reservas para educar en la esperanza, en la fe y en la caridad. A esta luz, lo que es motivo de escándalo, debe traducirse para nosotros en llamada a una «profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia» (Benedicto XVI, Encuentro con la prensa durante el vuelo a Portugal, 11 de mayo de 2010: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de mayo de 2010, p. 14).

Queridos hermanos, os aliento a recorrer sin vacilaciones el camino del compromiso educativo. Que el Espíritu Santo os ayude a no perder nunca la confianza en los jóvenes, os impulse a salir a su encuentro y os lleve a frecuentar sus ambientes de vida, incluido el que constituyen las nuevas tecnologías de comunicación, que actualmente impregnan la cultura en todas sus expresiones. No se trata de adecuar el Evangelio al mundo, sino de sacar del Evangelio la perenne novedad que permite encontrar en cada tiempo las formas adecuadas para anunciar la Palabra que no pasa, fecundando y sirviendo a la existencia humana. Volvamos, pues, a proponer a los jóvenes la medida alta y trascendente de la vida, entendida como vocación: que llamados a la vida consagrada, al sacerdocio, al matrimonio, sepan responder con generosidad a la llamada del Señor, porque sólo así podrán captar lo que es esencial para cada uno. La frontera educativa constituye el lugar para una amplia convergencia de objetivos: en efecto, la formación de las nuevas generaciones no puede menos de interesar a todos los hombres de buena voluntad, interpelando la capacidad de toda la sociedad de asegurar referencias fiables para el desarrollo armónico de las personas.

También en Italia el tiempo actual está marcado por una incertidumbre sobre los valores, evidente en la dificultad de numerosos adultos a la hora de cumplir los compromisos asumidos: esto es índice de una crisis cultural y espiritual tan grave como la económica. Sería ilusorio —esto quiero subrayarlo— pensar en contrastar una ignorando la otra. Por esta razón, a la vez que renuevo la llamada a los responsables del sector público y a los empresarios a hacer todo lo que esté dentro de sus posibilidades para mitigar los efectos de la crisis de empleo, exhorto a todos a reflexionar sobre los presupuestos de una vida buena y significativa, que fundan la única autoridad que educa y regresa a las verdaderas fuentes de los valores. De hecho, la Iglesia se preocupa por el bien común, que nos compromete a compartir recursos económicos e intelectuales, morales y espirituales, aprendiendo a afrontar juntos, en un contexto de reciprocidad, los problemas y los desafíos del país. Esta perspectiva, ampliamente desarrollada en vuestro reciente documento sobre Iglesia y sur de Italia, encontrará mayor profundización en la próxima Semana social de los católicos italianos, prevista para octubre en Reggio Calabria, donde, junto a las mejores fuerzas del laicado católico, os comprometeréis a declinar una agenda de esperanza para Italia, para que «las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables» (Deus caritas est, 28). Vuestro ministerio, queridos hermanos, y la vitalidad de las comunidades diocesanas bajo vuestra dirección, son la mayor garantía de que la Iglesia seguirá dando con responsabilidad su contribución al crecimiento social y moral de Italia.

Llamado por gracia a ser Pastor de la Iglesia universal y de la espléndida ciudad de Roma, llevo constantemente en mi corazón vuestras preocupaciones y vuestros anhelos, que en los días pasados puse —junto con los de toda la humanidad— a los pies de la Virgen de Fátima. A ella se eleva nuestra oración: «Virgen Madre de Dios y querida Madre nuestra, que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol en nuestras tinieblas, y haga que vuelva la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo. Así sea» (Fátima, 12 de mayo de 2010: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de mayo de 2010, p. 15). Os doy las gracias de corazón y os bendigo.

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Fuente: Libreria Editrice Vaticana

lunes, 24 de mayo de 2010

domingo, 18 de abril de 2010

La educación escolar



Por José Ramón Ayllón
Arvo.net

Si educar es preparar para la vida, no es posible una buena vida sin una buena educación. Pero el fracaso escolar crece en España, y esa situación es más preocupante si se la considera como abono perfecto del fracaso existencial entre la gente joven. Varios pueden ser los remedios eficaces, pero pienso que todos han de tener en común una condición imprescindible: llegar a tiempo.

La importancia de llegar a tiempo.

Entre mis alumnos he visto varios casos de adolescentes que empiezan a torcerse a pesar de su buena cabeza y su buen ambiente familiar. Describo y resumo una mala evolución típica. Problemas de relación con compañeros de clase, o mala influencia de algunos, producen en un chico o chica de trece años pérdida de concentración en el estudio y bajos rendimientos. Ese fracaso les distancia de sus padres.

La frustración crece e intenta paliarse con la bebida, el jugueteo con la droga, y las relaciones sexuales ocasionales con colegas de perfil similar. A la edad de veinte años, la vida de estos jóvenes puede ser ya un completo caos, y acuden al psiquiatra con un cuadro más o menos agudo de alcoholismo, drogodependencia y depresión. Ahora la solución quizá sea difícil, pero cuando tenían trece años hubiera sido muy fácil. La pregunta obligada es: )qué podíamos haber hecho entonces para no llegar a estos extremos?, )podríamos haber llegado a tiempo?Se nos podría llamar alarmistas o catastrofistas si las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud no dijeran que el suicidio es la primera causa de muerte entre jóvenes de 18 a 24 años.

Por desgracia, múltiples estudios en países occidentales atestiguan que uno de cada cinco niños presenta problemas psicológicos serios, y que uno de cada seis jóvenes de 20 años presenta síntomas de embriaguez crónica. Sólo en Francia, se fugan cada año de sus casas más de cien mil adolescentes. Estos y otros datos igualmente dramáticos, lejos de ser inevitables, son la demostración de que la familia y la escuela llegan demasiado tarde, cuando muchas vidas pueden estar dentro o cerca de la ruina.

Diversas instituciones estatales intentan atajar y reducir estas situaciones con campañas preventivas de información. Pero la experiencia resultante dice que la información, con ser positiva, es muy insuficiente. Entre otras cosas porque el origen del problema no está en la droga, el alcohol, el sexo irresponsable o el fracaso escolar, sino en las crisis afectivas que atraviesan tantos jóvenes, que les llevan a buscar el falso refugio de esas conductas. Por eso, la verdadera eficacia estaría en la prevención, y prevenir significa eliminar la raíz. Una raíz compleja, en la que se entrelazan factores como la herencia genética, la familia, el centro educativo y el entorno social. Si hubiera una solución para esta complejidad, habría de ser una solución educativa, por el lado del desarrollo afectivo.

Platón dijo que toda la educación podría resumirse en enseñar al joven qué placeres debe aceptar y rechazar, y en qué medida. Adaslair Macintyre traduce así el consejo platónico: "Una buena educación es, entre otras cosas, haber aprendido a disfrutar haciendo el bien, y a sentir disgusto haciendo el mal".

Falta de autoridad y síndrome lúdico.

Ya hemos dicho que la buena vida está necesariamente condicionada por la educación recibida. Los más recientes ensayos e informes sobre el mundo escolar español detectan dos puntos por donde nuestra educación hace agua: la falta de autoridad y el síndrome lúdico. Se trata de dos puntos débiles que impiden o comprometen seriamente una educación de calidad. En su exposición sigo de cerca el magnífico ensayo Los límites de la educación, publicado por Mercedes Ruiz Paz en 1999.

Decir que toda educación requiere autoridad es casi una afirmación de perogrullo. Hablo de una autoridad que no es el autoritarismo de la violencia física o la humillación, sino el prestigio capaz de garantizar un orden básico. Un orden que precisa información moral sobre lo que está bien y lo que está mal, para que la norma de conducta no sea la ausencia de toda norma, el todo vale. En el mencionado ensayo, la autora explica que la autoridad supone transmitir la obligatoriedad de unas pautas y valores fundamentales, de unos criterios que ayudarán a construir personalidades equilibradas, capaces de obrar con libertad responsable. Algo que, en en fondo, no es tan difícil.

Todos entendemos que la primera autoridad debe ejercerse y aprenderse en la familia. Y también tenemos claro que esto no siempre sucede. Lo mismo que hay un pensamiento débil, existe un modelo de paternidad débil, capaz de vender los hijos al diablo con tal de no ser demagógicamente tachado de tirano o represor. Pero educar también es reprimir lo que de indeseable pueda haber en una conducta. En estos últimos años, muchos padres y profesores escamotean esta responsabilidad tratando a sus hijos y alumnos de igual a igual, como colegas o amiguetes, sin comprender que la educación no es ni debe ser una relación entre iguales. Con los hijos, por poner un ejemplo, no se puede discutir la necesidad de atención médica, y los padres son responsables de esa atención sin discusión. Es equivocado atribuir a la autoridad la posible infelicidad de un hijo o un alumno. En realidad, sucede lo contrario. Una correcta autoridad hace que el niño y el joven se sientan queridos y seguros, pues notan que le importan a alguien. Mafalda siente la autoridad de sus padres en cuestiones tan cotidianas como la obligación de tomarse la sopa que detesta. Un día está sola en su habitación y dice: ")Mamá?". Y oye la respuesta: ")Qué?". La niña constesta: "Nada. Sólo quería cerciorarme de que aún hay una buena palabra que continúa vigente".

Los expertos en psicología infantil suelen explicar cómo los padres decepcionan al niño si le dejan hacer todo lo que quiere, entre otras cosas porque su equivocada tolerancia hará del pequeño un pequeño tirano antipático. Pero hay adultos que parecen obsesionados por proporcionar a los niños y jóvenes una felicidad absoluta y constante, y sobre ese error se monta otro más craso: el de una permisividad e impunidad casi completas. Cualquier precio parece pequeño con tal de disfrutar de la armonía familiar o escolar, pero la armonía lograda a base de todo tipo de concesiones se asienta sobre un polvorín, pues el niño y el adolescente son por naturaleza insaciables. Hasta aquí el desenfoque de la autoridad. Otro desenfoque típico de la actual educación es el denominado síndrome lúdico. Como ejemplo, valdría el de un colegio público que abría su proyecto educativo en el curso 1995-96 con estas palabras: "Tenemos como objetivo prioritario el que nuestros niños y niñas sean felices".

Además de ser una enorme ingenuidad, tal declaración de intenciones ni siquiera es discutible, pues la actividad principal de un centro escolar no es ni debe ser la lúdica, y menos cuando observamos que el nivel académico de muchos centros está tocando fondo, mientras se convierten en ludotecas o talleres artesanales. Si hace años la inspección o la dirección del centro podían cuestionar al profesor cuyos alumnos a los seis años no leían, en la actualidad se hace sospechoso el profesor cuyos alumnos con seis años leen. "(Qué habrá hecho! (Cómo les habrá forzado!".

El síndrome lúdico, paralelo al desprestigio del esfuerzo personal, tiene raíces profundas en nuestra sociedad. Si los políticos miran a las personas como votantes, la economía capitalista las reduce a la condición de compradores, y concentra su publicidad en conseguir que sus clientes se hipotequen con tal de llevar una vida desparramada y cómoda. Ello suele conducir a sociedades integradas por tipos humanos adolescentes, compulsivos, poco dados a la reflexión, con alergia a la responsabilidad. Esa situación, aplicada a nuestro país, ha hecho decir a Umbral que en España la gente no es de izquierdas ni de derechas, sino de El Corte Inglés. Si esto es así, además del beneficio astronómico de El Corte Inglés, en el terreno educativo -dice Mercedes Ruiz- nos encontramos a unos adultos que son adolescentes educando a otros adolescentes, todos más o menos dominados por un síndrome lúdico que impide la madurez de los alumnos.De esta ludopatía son responsables los padres en la medida en que explican el colegio a sus hijos más jóvenes como un lugar para jugar con los amigos y pasarlo bien.

Corregir ese planteamiento equivocado puede costar al profesor no sangre, pero sí sudor y lágrimas, y en el peor de los casos podría no conseguirlo. El chico ha de saber que al colegio se va a aprender, que sólo se aprende con esfuerzo, que ese esfuerzo merece la pena y es gratificante, y que no debe confundir el ámbito familiar y el escolar. El colegio no es una extensión del hogar, y por eso el alumno no puede levantarse, parlotear o mascar chicle según le venga en gana. Actualmente, "si el alumno no acudiera al centro con los criterios y referencias equivocados, el maestro no tendría que perder tanto tiempo en colocarle en situación de civilidad y sosiego desde la cual comienza a ser posible la enseñanza".

La crisis de autoridad y la confusión entre el aprendizaje y el juego son aliados perfectos para que en el aula se genere un clima de indisciplina que no beneficia a nadie y perjudica a todos. Cualquier profesor admite que hoy, veinte alumnos por clase son más difíciles que cuarenta hace diez años. Y ese mismo profesor no se siente respaldado por los padres de sus alumnos, sabe que con frecuencia no es presentado ante los ojos de niños y jóvenes como una persona que merece respeto, deferencia y atención. "Ahora el problema es que unos muchachos que aún están por civilizar, que aún no tienen suficientes conocimientos, que emocionalmente apenas se han desarrollado, y que están forzosamente carentes de criterios, de lo único de lo que han sido informados es de la posibilidad que tienen de criticar y denunciar todo aquello que contravenga su parecer".

Esta situación también tiene su explicación en los tiempos que corren. El mundo ha cambiado mucho y rápido. Modos tradicionales de ver la vida y de vivirla quizá no hayan caducado como los yogures, pero han perdido su vigencia. De ahí se suele llegar a la falsa conclusión de que todo es relativo, y entonces deja de tener sentido aconsejar a los hijos y alumnos sobre conductas y valores. Así, muchos padres permanecen bloqueados para ejercer acciones positivamente educativas.

Por otro lado, la sensación de que sus padres se equivocaron con ellos les recuerda que ellos pueden equivocarse a su vez con sus propios hijos, y esa posibilidad hace que conciban la educación en negativo -qué cosas son las que no quieren para sus hijos-, sin elaborar un modelo de referencia positivo transmitido con el propio ejemplo. Mientras tanto, los hijos flotan en la indiferencia y se mueven entre el desconcierto y la desorientación. Enfoques correctosHemos dicho que no es posible la buena vida sin una buena educación. Pero, )quién establece las líneas maestras de la educación? ¿Quién define las coordenadas de una educación de calidad? Hay una respuesta obligada: la familia y las instituciones educativas, respetando siempre la propia tradición cultural. La familia en primer lugar, porque los hijos son hijos de sus padres, no del colegio ni del Ministerio de Educación.Aunque de hecho no siempre coincidan, padres, colegios y Ministerio de Educación deberían coincidir al elegir como modelos educativos los mejores. En 25 siglos de civilización occidental hay modelos educativos que ganan por abrumadora mayoría y configuran esencialmente nuestra cultura. Modelos integrados por rasgos fundamentales que menciono a continuación.Se trata de rasgos o cualidades que derivan directamente de la condición humana, que la visten como un traje a la medida y permiten su pleno desarrollo.

Desde Aristóteles se define al hombre como animal racional y animal social. Pues bien, la mejor educación de la razón consiste en capacitarla para descubrir el bien y ponerlo en práctica. La inteligencia que descubre el bien se llama conciencia moral (primer rasgo), y el paso de la teoría a la práctica del bien se realiza por medio de la prudencia (segundo rasgo).Como la realización del bien suele ser costosa, el tercero de los rasgos educativos fundamentales es la fortaleza, esfuerzo por conquistar y defender lo que merece la pena. Además, nuestra constitutiva animalidad aporta a la conducta humana un resorte fundamental: el placer. La educación del placer, su gestión racional, constituye el cuarto rasgo necesario en toda buena educación, y se llama autocontrol, dominio de sí, templanza.Un quinto rasgo es la justicia, que prescribe el respeto a los derechos de los demás y hace posible la misma existencia de la sociedad. La justicia se concreta en las leyes, reglas de juego que nos permiten salir de la selva y vivir en los dominios de la dignidad. Educar a los jóvenes en el sentido de la justicia y en el control del placer no tiene más o menos importancia... Dice Aristóteles que tiene una importancia absoluta.La conciencia moral, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza son cualidades descubiertas por los griegos. Están esbozadas en Homero y las encontramos en Sócrates, Platón y Aristóteles de forma explícita. Bastaría con citar el mito platónico del carro alado o la Ética a Nicómaco. Estas cinco cualidades son heredadas por los romanos y por la Europa cristiana. Pero el cristianismo añade otras tres cualidades o virtudes que hacen referencia directa a las relaciones del hombre con Dios: me refiero a la fe, la esperanza y la caridad.Decía Pascal -filósofo y matemático- que el último paso de la razón es darse cuenta de que hay muchas cosas que la sobrepasan, y que precisamente por eso es muy razonable creer.

En este mismo sentido dice Josef Pieper, uno de los mejores filósofos alemanes del siglo XX, que "muy bien pudiera ocurrir que la raíz de todas las cosas y el significado último de la existencia sólo pudiera ser contemplado y pensado por los que creen". La esperanza en Dios es la cualidad necesaria para el equilibrio psicológico del único animal que sabe que muere. Y la caridad es la forma de amar más adecuada a la dignidad humana: es, en palabras de Borges, ver a los demás como los ve Dios mismo.

domingo, 11 de abril de 2010

Nadadores a contracorriente



Por Juan Manuel de Prada
17/10/09


Escribía Chesterton que sólo quien nada a contracorriente sabe con certeza que está vivo. Se trata, desde luego, de un ejercicio nada plácido, pues la energía que el nadador a contracorriente emplea en cada brazada no se corresponde con un avance proporcional; y basta con que flojee en su ímpetu para que la tentación del desistimiento haga mella en él. Quien nada a favor de la corriente, en cambio, no tiene que molestarse en bracear; y ni siquiera es preciso que esté vivo, pues la corriente seguiría arrastrándolo como si tal cosa. Las grandes batallas del pensamiento, las conquistas que han ensanchado el horizonte humano, siempre se han librado a contracorriente; y, con frecuencia, quienes se atrevieron a protagonizarlas fueron contemplados por sus contemporáneos como retrógrados, incluso como peligrosos delincuentes. Pero, junto al rechazo o incomprensión de su época, estos pioneros que osaron contrariar el «espíritu de los tiempos» pudieron proclamar con orgullo que estaban vivos; y con su sacrificio irradiaron vida en un mundo acechado por la muerte, convocaron a la vida a quienes por cobardía, por estolidez, por conformidad con las ideas establecidas nadaban a favor de la corriente.
Así debió ocurrir con los primeros patricios que, en la época de máximo esplendor del Imperio Romano, empezaron a manumitir esclavos, como aquel Filemón que, siguiendo las instrucciones de San Pablo, decidió acoger a su esclavo Onésimo como si de un «hermano querido» se tratase. Cuando Filemón manumite a Onésimo, la esclavitud no era tan sólo una institución jurídica plenamente reconocida, auspiciada y protegida por la ley; era también el cimiento de la organización económica romana. Según establecía el derecho de gentes de la época, los esclavos eran individuos que, aun perteneciendo a la especie humana, no eran «personas» en el sentido jurídico de la palabra, sino «bienes» sobre los que sus amos podían ejercer un «derecho» de libre disposición. Los nadadores a contracorriente como Filemón alegaron entonces que, más allá de los preceptos legales, existía un estado de naturaleza que permitía reconocer en cualquier ser humano una dignidad inalienable; y que tal dignidad era previa a su consideración de ciudadano romano. Aquella subversión del sistema legal establecido ponía en peligro el progreso material de Roma; y quienes entonces nadaban a favor de la corriente se emplearon a fondo en el mantenimiento de un orden legal que favorecía sus intereses. Tan a fondo se emplearon que la abolición de la esclavitud aún tardaría muchos siglos en imponerse; y no lo hizo hasta que el ímpetu pionero de nadadores a contracorriente como Filemón propició una metanoia social, un cambio de mente que antepuso ese meollo irrenunciable de humanidad que nos permite distinguir la dignidad inalienable de cualquier persona sobre los indudables beneficios económicos de la esclavitud. Y en el largo camino que condujo a esa conquista muchos Filemones fueron señalados como retrógrados, perseguidos y condenados al ostracismo.
Como ocurriera hace dos mil años a los primeros patricios romanos que empezaron a manumitir esclavos, ocurre hoy a quienes se oponen al aborto. Los nadadores a favor de la corriente los anatemizan y escarnecen, los calumnian presentándolos como detractores de los «derechos de la mujer», los caracterizan como sombríos «retrógrados» que amenazan el progreso social. Pero, como aquellos primeros patricios romanos que reconocieron en cualquier persona una dignidad inalienable, quienes hoy se oponen al aborto no hacen sino velar por ese meollo irrenunciable de humanidad que nos constituye, que nos permite reconocer como miembro de la familia humana a quien aún no tiene voz para proclamarlo, que nos impone proteger la vida gestante, la más desvalida e inerme, como garantía de nuestra propia supervivencia moral, para que no nos ocurra lo que Marcel Proust denunciaba, al describir el clima de corrupción en el que se desenvolvían sus personajes: «Desde hacía tiempo ya no se daban cuenta de lo que podía tener de moral o inmoral la vida que llevaban, porque era la de su ambiente. Nuestra época, para quien lea su historia dentro de dos mil años, parecerá que hubiese hundido estas conciencias tiernas y puras en un ambiente vital que se mostrará entonces como monstruosamente pernicioso y donde, sin embargo, ellas se encontraban a gusto».
El día en que nos encontremos a gusto en un ambiente vital que consagra el aborto como «derecho» habremos dejado de merecer el calificativo de humanos; porque simplemente habremos dimitido de la razón, que es -según nos enseñaba Aristóteles- capacidad de discernimiento sobre lo que es justo y lo que es injusto. Y cuando el hombre se desprende de la razón es como cuando las ramas se desprenden del árbol, que no les aguarda otro destino sino amustiarse. Cuando el aborto se acepta como una conquista de la libertad o del progreso, cuando se niega o restringe el derecho a la vida de las generaciones venideras, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer; y entonces nos convertimos, irrevocablemente, en esos nadadores a favor de la corriente que, sin advertirlo, aceptan su propia muerte con tal de no bracear. Porque muertos están quienes por cobardía, por estolidez, por conformidad con las ideas establecidas defienden el aborto; y también quienes con su silencio o indiferencia lo amparan, quienes con su anuencia sorda respiran sus miasmas, fingiendo que no les contagian.A los soldados aliados que, en su avance hacia Berlín, liberaban los campos de concentración donde durante años se habían hacinado prisioneros famélicos, puras radiografías de hombre despojadas de su dignidad, no les estremecía tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cadáveres incinerados sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices. Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: llegará el día en que las generaciones venideras, al asomarse a los cementerios del aborto, se estremezcan de horror, como hoy nos estremecemos ante las matanzas que ampararon los totalitarismos de hace un siglo (sólo que, para entonces, las cifras del aborto serán mucho más abultadas, vertiginosas de tan abultadas); pero se estremecerán, sobre todo, ante la complicidad tácita de una sociedad que, dimitiendo de su humanidad, prefirió volver el rostro hacia otro lado cuando se trataba de defender la vida más inerme, que incluso aceptó el aborto como un instrumento benéfico, entronizándolo en la categoría de «derecho». A esas generaciones futuras les consolará, sin embargo, saber que, mientras muchos de sus antepasados renegaba de su condición humana, acatando la barbarie y bendiciéndola legalmente, hubo unos cientos de miles de españoles que el sábado 17 de octubre de 2009 salieron a la calle para gritarle a una sociedad que yacía agusanada en la tumba: «Levántate y anda». Y, agradecidos, comprobarán que, con su gustoso sacrificio de nadadores a contracorriente, aquellos cientos de miles de españoles irradiaron vida en un mundo acechado por la muerte.

sábado, 3 de abril de 2010

Su luz brilla en medio del lodo



Por José Luis Restán. 15/03/2010

Quizás esté siendo la Cuaresma más dura de Benedicto XVI. A la amarga verificación de cuanto dijo en aquel histórico Vía Crucis de 2005 ("¡cuánta suciedad en la Iglesia!") se une una repugnante operación de caza en la que participan desde distintos ángulos la prensa laicista, la disidencia tipo Küng y los lobbys de los nuevos derechos. Días de plomo y furia en los medios, Pedro de nuevo en medio de la tempestad.

Con una precisión de relojero saltan los casos perfectamente medidos, como bombas que persiguen su objetivo. Y mientras se espera la carta dirigida a los católicos de Irlanda tras las terribles denuncias del Informe Ryan, la prensa destapa historias ya viejas en Holanda, en Alemania y en Austria, muchas de ellas juzgadas y archivadas veinte o treinta años atrás. Material inflamable para construir una historia tan sucia como mentirosa. Se trata de instalar en el imaginario colectivo la figura de una Iglesia que ya no es sólo un cuerpo extraño en la sociedad postmoderna, sino una especie de monstruo cuya propuesta moral y cuya disciplina interna abocan a sus miembros a la anormalidad y al abuso.

Sí, ésta es la Iglesia que educó a Europa en el reconocimiento de la dignidad humana, en el amor al trabajo, a las letras y al canto, es la que inventó los hospitales y las universidades, la que forjó el derecho y limitó el absolutismo..., pero eso ahora no importa. Y con la misma delectación con que algunos se aplican a eliminar su rastro de los espacios públicos, otros se aprestan a demoler su imagen.

Ya escucho la pregunta: ¿pero es verdad o no lo que se nos cuenta? Veamos los datos. En Alemania, por ejemplo, de los 210.000 casos de abusos a menores denunciados desde 1995, 94 corresponden a eclesiásticos. Cierto que 94 casos en parroquias y colegios son una enormidad, constituyen una llaga en el cuerpo de la Iglesia y plantean gravísimas preguntas. Cierto también que de los miembros de la Iglesia, especialmente de quienes tienen el encargo de educar, se espera siempre más que de la media, pues a quien mucho se le ha dado mucho se le ha de exigir. Pero digamos también muy claro que la Iglesia no vive en el espacio, fuera de la historia. Está formada por hombres débiles y pecadores, su cuerpo se ve asaltado por las corrientes culturales de la época y no faltan momentos en que la conciencia de muchos de sus miembros está más determinada por el mundo que por la tradición viva que han recibido.

El horror de estos casos no puede minimizarse, y por eso Benedicto XVI (ya desde que era Prefecto de la Doctrina de la Fe) ha puesto en marcha una formidable tarea de saneamiento cuyos frutos ya son incluso cuantificables. Pero cuando la gran prensa fabrica primeras páginas a costa de 94 casos y calla miserablemente sobre los otros 200.000, estamos ante una operación asquerosa que debe ser denunciada. Las cifras de esta catástrofe nos hablan de una enfermedad moral de nuestra época y reclaman dirigir la mirada, no al celibato de los sacerdotes católicos, sino a la revolución sexual del 68, al relativismo y a la pérdida del significado de la vida que aflige a las sociedades occidentales.

El sociólogo Massimo Introvigne ha publicado al respecto un magnífico artículo en el que explica que el huracán mediático de estas semanas responde a lo que se conoce como un fenómeno de "pánico moral", perfectamente teledirigido desde determinados centros de influencia. Según su explicación se trata de una "hiperconstrucción social" tendente a crear una figura predeterminada (el monstruo del que hablamos al principio) con materiales fragmentarios y desperdigados en el tiempo.

Existe ciertamente un problema real: sacerdotes (siempre demasiados) que han realizado el nefando crimen del abuso a menores. Pero las dimensiones, los tiempos y el contexto histórico son sistemáticamente alterados o silenciados. Nadie pone esos números de la vergüenza eclesial en relación a la totalidad brutal del problema; nadie dice, por ejemplo, que en los Estados Unidos eran cinco veces más los casos imputados a pastores de comunidades protestantes, o que en el mismo periodo en que en ese país fueron condenados cien sacerdotes católicos, fueron cinco mil los profesores de gimnasia y entrenadores deportivos que sufrieron idéntica condena. ¡Y nadie ha pedido cuentas a la Federación de baloncesto! Por último, el dato más escalofriante: el ámbito más habitual de los abusos sexuales a menores es precisamente el de la familia (allí suceden dos tercios del total de los casos contabilizados). Por tanto, ¿qué tiene que ver el celibato en todo esto? Dejemos aparte las viejas obsesiones de Küng, su arcaica cruzada para vaciar a la Iglesia de su nervio y sustancia. Pero de los diarios laicos, tan puntillosos y “cientifistas”, cabría esperar un poco más de objetividad.

La semana pasada el "pánico moral" teledirigido ha centrado bien alto su objetivo. La caza ha buscado una pieza mayor, el propio Benedicto XVI, el Papa que ha abierto ventanas y ha establecido una batería de disposiciones de máxima transparencia, colaboración con las autoridades y, sobre todo, sanación de las víctimas. Ha sido el Papa que en Estados Unidos y Australia se encontró cara a cara con quienes habían padecido esa terrible experiencia, para pedirles perdón en nombre de una Iglesia de la que ellos son miembros heridos, y merecen por tanto una preferencia total. Las insinuaciones sobre el Papa Ratzinger en esta materia merecerían simple desprecio si no fuese porque indican algo importante de este momento histórico. Hay un poder cultural, político y mediático que ha puesto a Pedro en su punto de mira, ya sin rubor y sin embozo. Cierto que no es la primera vez, y conviene recordarlo. Pero el furor y las armas de esta hora son, si cabe, más insidiosas que los de otros momentos de la historia.

Es posible imaginar la conciencia lúcida con que Benedicto XVI contempla este oleaje, y el consiguiente dolor que le acompaña en este momento dramático en que él mismo se ha convertido, dentro de la Iglesia, en el punto físico que atrae un odio irracional pero no desconocido, porque Jesús ya nos habló de él en el Evangelio. No sé si con algo de ironía, en la Audiencia del pasado miércoles nos dejaba ver cómo quiere ejercer su propio ministerio en este momento de miedos, reacciones viscerales y zozobras varias. Lo hizo mirándose en el espejo de uno de sus maestros más queridos, San Buenaventura: "para san Buenaventura, gobernar no era sencillamente un hacer, sino que era sobre todo pensar y rezar... Su contacto íntimo con Cristo acompañó siempre su trabajo de Ministro General y por ello compuso una serie de escritos teológico-místicos, que expresan el ánimo de su gobierno y manifiestan la intención de gobernar no sólo mediante mandatos y estructuras, sino guiando e iluminando las almas, orientando a Cristo". En medio de la tormenta, ésa es la humilde y firme decisión de Benedicto XVI.

domingo, 28 de marzo de 2010

Con el Papa




Por José Pedro Fuster Pérez
Asistimos atónitos y con mucho dolor a una manipulación ideológica, sin precedentes, por parte de algunos medios de comunicación que intentan moldear conciencias de los ciudadanos violentando los vocablos y no haciendo justicia a la realidad de las cosas y de los acontecimientos. Quieren manchar el buen nombre del Papa intentando relacionarlo, de algún modo, con los silencios que se produjeron ante los abusos sexuales en Alemania por parte de algunos sacerdotes.

El Santo Padre siempre ha mostrado coherencia y dureza ante estos abominables y execrables casos de pederastia. El dolor que provoca estos casos en el Papa, en los muchos santos sacerdotes, que a Dios gracias hay, y muchos, y en toda la gente de buena voluntad, es atroz y desgarrador porque son personas que han traicionado su vocación y han hecho un daño terrible profanando la dignidad del ser humano.

No hay evidencias, certezas ni siquiera posibles pruebas que lleven a su imputación. Tan sólo hay un deseo..., ¡digamos cosas que algo quedará sobre la "masa" ciudadana!; ¡culpemos al padre de los delitos hechos por su hijo, mayor de edad, que en su libertad ha rechazado los valores más sublimes transmitidos por su padre!; y como han sido muy beligerantes con el aborto y nos han desacreditado, ¡démosle a la cabeza de la Iglesia nuestra medicina, la manipulación ideológica!.
Es la campaña más sucia que he visto por parte de algunos periódicos que presumen de ser independientes. En realidad, son dependientes de corrientes de pensamiento que se caracterizan por relativizar la moral y la ética. El halo fascinador que les produce la facilidad de influir sobre los demás, les ha llevado a perder el horizonte de la objetividad. Cuando se apodera la estrategia de la sospecha, sólo queda esperar su declive moral. Estos periódicos se encuentran en la deriva del pensamiento recto y ordenado.

Estoy con el Papa, cuenta con mis pobres oraciones y manifiesto mi plena adhesión a su persona, haciendo míos sus padecimientos y sufrimientos. Esta campaña orquestada por el laicismo radical, tendrá un resultado final: la Iglesia saldrá fortalecida.

sábado, 13 de marzo de 2010

Aborto libre y progresismo


Por Miguel Delibes
En ABC 20-12-2007
En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.
La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.
Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para estos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo.
La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante.
Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.